Por Fernando Pedrosa,  Historiador

En un mundo sin reglas claras, con potencias en disputa y conflictos imprevisibles, hay quienes se aferran al siglo XX como si fuese un manual infalible. Pero esa nostalgia no explica el caos actual.

Existe una frase atribuida a la tradición china que dice: “Ojalá vivas tiempos interesantes”. Pero más que un deseo sincero, se la interpreta como una maldición:

vivir tiempos “interesantes” implica convivir con la incertidumbre permanente y el conflicto constante.

Y, sin duda, eso es exactamente lo que nos toca experimentar hoy en este planeta que habitamos.

En los últimos días se han acumulado hechos que refuerzan la sensación repetida de un mundo tenso y volátil: barcos rusos navegando cerca del Canal de la Mancha, la —¿fallida?— propuesta de Estados Unidos para terminar la guerra en Ucrania, el bloqueo de cargueros rusos rumbo a Venezuela y un duro cruce de declaraciones entre los líderes de Japón y China.

Cada uno de estos episodios, por separado —y podrían sumarse varios más con facilidad— ya serían motivo de preocupación internacional. Tomados en conjunto, refuerzan la idea de que estamos muy lejos de un escenario mundial previsible o guiado por la lógica de la paz.

Todo lo contrario. Y es importante dejarlo claro. Transitamos, a todo vapor, rumbo a un nuevo sistema mundial, marcado hoy por la disputa entre China y Estados Unidos, sin reglas más allá de lo que acuerden los propios contendientes en cada momento.

No sabemos cómo será ese nuevo orden ni cuándo terminará de consolidarse; solo parece razonable pronosticar que quien resulte vencedor en esta pulseada lo moldeará según su propio poder y sus intereses.

¿Todo pasado fue mejor?

Como contra cara de esta incertidumbre, la segunda mitad del siglo XX fue, en buena medida, un período de mayor previsibilidad. Existía un orden formal consensuado,

sostenido por el sistema de Naciones Unidas y los mecanismos destinados a proteger a Estados y personas.

Y también había un orden informal, resultado de los acuerdos y de cierta cooperación entre las superpotencias del mundo bipolar: Estados Unidos y la Unión Soviética. El famoso “teléfono rojo” era algo más que un gag recurrente en las comedias de la época.

Hoy estamos lejos de esa combinación que, con la distancia del tiempo, hasta podría parecer virtuosa. Y todo esto ocurre en un escenario internacional en ebullición, donde numerosos actores —grandes o pequeños— están tentados a resolver sus conflictos por la fuerza.

Y nada indica que esta situación vaya a resolverse pronto: no asoma algo como la “pax bipolar” de la Guerra Fría. Tampoco se vislumbra el triunfo definitivo de una potencia sobre la otra, ni existe la posibilidad de establecer nuevas normas internacionales con algún consenso.

Frente a este panorama, aparece una tendencia: explicar el presente recurriendo a analogías con hechos emblemáticos del pasado. Así, cualquier gesto de Donald Trump hacia Rusia se compara de inmediato con la política de apaciguamiento de Chamberlain frente a Hitler.

Y cualquier tensión entre Estados Unidos y China se presenta como una reedición de la Guerra Fría. Del mismo modo, se usan como simples adjetivos conceptos complejos como “colonialismo”, “genocidio” o “imperialismo”.

Aun así, la mirada anacrónica, que pretende explicarlo todo a través del pasado, puede resultar funcional. Por ejemplo, para quienes sostienen ideologías envejecidas y consideran innecesario revisar sus puntos de vista frente a los nuevos actores, intereses y conflictos que definen al mundo actual.

Antes que eso, prefieren refugiarse en relatos elaborados hace más de un siglo. Asumen que el mundo siempre es el mismo: lo de hoy y lo de mañana será igual a lo de ayer. Entonces, ¿para qué modificar las ideas con las que comprenderlo?

Es, en cierto modo, una estrategia de comodidad intelectual, que evita el esfuerzo de pensar lo nuevo. Un refugio para quienes eligen permanecer anclados en un mundo que ya no existe, pero que al menos les ofrece alguna certeza. La realidad, para ellos, es un lujo inútil.

El pasado, refugio del miedo al presente

Ligado a lo anterior, esta dependencia del pasado también funciona para quienes ven el mundo de hoy como un terreno resbaladizo, sin puntos fijos y con demasiados sobresaltos.Ese temor no es ideológico.

Es una respuesta lógica ante un mundo impredecible, donde cada pocos meses surge otra crisis y un nuevo enemigo. Ese temor es humano y no tiene un solo color político. El refugio en un pasado idealizado no es exclusivo de nacionalistas temerosos ni de marxistas nostálgicos.

Hoy existen actores políticos de enorme peso que ya no responden a las viejas lógicas occidentales, sean las de Estados Unidos o las de la propia Unión Soviética, que también formaba parte de ese universo cultural. Mucho menos de las lógicas tradicionales de la Europa de los años del bienestar.

La aparición de Estados étnicos y de grupos no estatales —terroristas y no terroristas— y de países con millones de personas con otras visiones del mundo, de la

cultura, de la guerra, de la paz e incluso de la vida cotidiana, vuelve más difícil interpretar el presente que se expande.

Ante ese escenario, refugiarse en el pasado conocido —el de la segunda mitad del siglo XX, e incluso el de la primera— ofrece una sensación de alivio: hechos familiares, con un desenlace claro, donde “las fuerzas del bien” siempre triunfan. Donde los aliados derrotan al eje alemán, italiano y japonés, y donde, más tarde, la democracia y la libertad prevalecieron sobre el comunismo y el autoritarismo soviético. En ese mundo ideal, Europa siempre será poderosa y la cultura occidental nunca quedará subsumida.

Pero el futuro no se detiene sólo porque lo ignoremos. Y no será menos incómodo o doloroso por compararlo con 1945 o 1989. El futuro ya está acá, desordenado, incierto y sin manual de instrucciones.

Y por más que algunos prefieran vivir de recuerdos, la realidad es sencilla: el pasado no vuelve. El único mundo que tenemos es este que debemos tratar de pensar para entenderlo en toda su angustiosa complejidad.

Nos guste o no.

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