Por Santiago Gallichio, presidente del IGEP

Un nuevo veredicto sorprendente reescribe las reglas de la moral corporativa. Así titula el New York Times su interesante nota[1]. En ella se relata el caso judicial de un tribunal francés que condenó a prisión al exCEO de Lafarge y a su vice, con cargos de financiación del terrorismo de ISIS al operar su planta de cemento en Siria. Lafarge es una empresa francesa, una de las mayores cementeras del mundo, que luego fue adquirida por la suiza Holcim. Los pagos a ISIS se dieron entre 2013 y 2014 y consistieron en unos 6 millones de dólares destinados a que los terroristas que dominaban el país dejaran circular libremente a los vehículos de la empresa “en nombre de Alá”, para poder seguir operando su planta de Raqqa. Las multas a la compañía no evitaron que sus ejecutivos deban ir a la cárcel por 6 y 5 años, respectivamente.

 

Sobre el contenido, tengo dos cosas que decir.

Primero, el veredicto contradice el dicho popular de que «negocios son negocios» y el lema tan repetido de que «los negocios se deben guiar por la maximización de beneficios». Como se sabe, combato esta postura explícitamente en mi libro La empresa como persona (Eudeba, 2024). En ese sentido, es sencillo pensar que, si una persona humana hubiera financiado el terrorismo, la habríamos condenado. ¿Por qué no condenar a una empresa de la misma manera? O, dicho de otro modo, ¿acaso estos ejecutivos pensaron que, actuando en nombre de una empresa, estaban más obligados a maximizar los beneficios que si actuaran a título individual? En resumen: ¿es diferente actuar como persona que actuar como empresa? Si así lo fuera, el margen para el cinismo sería enorme y no estamos de acuerdo en promover semejante actitud.

Por lo tanto, en este primer punto, me siento bastante cómodo con la condena francesa porque sostiene firmemente mi tesis al afirmar que, en última instancia, las empresas son verdaderas personas y que actuar en su nombre debe hacernos sentir a los directores tan responsables como cuando actuamos como individuos. Como miembros del directorio, debemos actuar como si la empresa fuera una verdadera persona, independientemente de cuál sea nuestra opinión última acerca de la naturaleza metafísica de las empresas. Y, si financiar el terrorismo es algo malo que no haríamos como individuos, no tenemos por qué hacerlo como responsables de la toma de decisiones de una empresa. Maximizar los beneficios de nuestra empresa no justifica hacer todo lo que sea necesario.

El segundo punto es más complejo de plantear. Para los directivos de Lafarge, no financiar el terrorismo en Siria implicaba directamente tener que abandonar su planta y todas sus inversiones, dada la situación política del país. Pero claro, esto forma parte de los riesgos que conlleva invertir en Siria y Lafarge debería haberlo tenido en cuenta como una posible pérdida. Y este podría muy bien ser el caso en el cual esas posibles pérdidas se habrían terminado por materializar. Así pues, haber financiado al terrorismo fue la forma en que habrían optado por evitar esas pérdidas, las que deberían haberse previsto y contemplado en el momento del análisis de viabilidad de ese proyecto como un escenario posible a afrontar. Esa evasión de las pérdidas por la vía de la complicidad con el terrorismo es justamente su culpa, por la cual ahora la están castigando.

Pero el argumento del juez va más allá y evidencia una certeza que resulta difícil de compartir, incluso cuando parece plausible y políticamente atractiva para los activistas de la oposición (especialmente para los franceses). La jueza Isabelle Prévost-Desprezs les dijo a los acusados: «Intento que comprendan cómo las decisiones tomadas en sus oficinas, a miles de kilómetros de distancia, se convirtieron en balas de Kalashnikov, en sangre» en el teatro Bataclan de París, en alusión a los ataques terroristas que dejaron muertos y heridos en la capital francesa. Por ese motivo, el castigo que deben afrontar estos directivos incluye la reparación de las consecuencias criminales de su financiación.

Ni esta sentencia ni su consecuencia directa, el castigo final establecido, son en absoluto aceptables, en mi opinión; menos aún en el veredicto de un juez. Conocemos muchos argumentos de este tipo en activistas marxistas o antiimperialistas, por ejemplo, que culpan al capitalismo de todo tipo de atrocidades, como si sus protagonistas las hubieran producido ellos mismos. En este caso, como si los directivos condenados a prisión este lunes 13 de abril en París, Bruno Lafont, de 69 años de edad, y Christian Herrault, de 75, hubieran disparado ellos mismos las Kalashnikov en el Bataclán.

En resumen: estoy de acuerdo con la primera parte de la condena, pero no con la segunda. Negociar con terroristas es un límite que los responsables de la toma de decisiones empresariales deben establecer en sus planes de negocio (sobre todo, si quieren operar en un país como Siria) y debe oficiar como un límite que dispare la pérdida total del negocio, en este caso. Es lo mismo que incumplir cualquier otra obligación legal. Pero ser condenados como si fueran los propios terroristas, de alguna manera, es un castigo excesivo.

Y aquí vamos a la cuestión final. Seguramente esta interpretación de la jueza que pone a los directivos en el lugar de los propios terroristas está basada en que considera que la empresa es un agente de mayor envergadura que los individuos y tiene, por ello, una mayor responsabilidad. Y ahí es donde discrepo con la posición de la jueza. Que a la empresa debamos considerarla una verdadera persona no implica que deba ser tratada como “más que” una persona, como una superpersona hiperresponsable.

Por ello, una posición como la mía, en la cual sostengo que se debe considerar a las empresas como verdaderas personas, no tiene por qué asociarse con posturas activistas extremas, como la de esta jueza. Si bien aceptó ser considerado radical por quienes piensan que «negocios son negocios y punto», me preocupa en cambio la posición moderada que considera que el solo hecho de hablar de ética, de personas o de moralidad implique abandonar la esfera de los negocios para trasladarnos a otra esfera ajena a ellos. Nuestro reto debe ser continuar una conversación de negocios, incluso cuando utilizamos esas palabras y conceptos.

[1] https://translate.google.com/?hl=es&langpair=pt%7Ces&tbb=1&ie=es&sl=en&tl=es&text=A%20Stunning%20New%20Verdict%20Rewrites%20the%20Rules%20of%20Corporate%20Morality%0A&op=translate

 

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