Por Kulvech Janvatanavit, CEO del Instituto de Directores en Tailandia
“Cuando un bailarín profesional de tango me llevó al alma del tango”
Reflexiones de un viaje a Buenos Aires para asistir a la reunión anual del GNDI organizada por el IGEP.
“Durante la competencia, ¿sabés qué música van a tocar?”, le pregunté a Ariel.
“No”, respondió.
Me quedé confundido. “Entonces, ¿cómo practicás?”
Ariel era mi guía en Buenos Aires. Pero, más interesante todavía, también es bailarín profesional de tango, y se está preparando para competir en el Mundial de Tango.
Este año compite con una nueva pareja, una francesa que se mudó a Buenos Aires hace quince años y se enamoró tan profundamente del tango que, según Ariel, probablemente sepa más música de tango que muchos argentinos.
“¿Estás nervioso?”, le pregunté.
“Por supuesto.”
La respuesta llegó rápida y tranquilizadora. Al menos los bailarines profesionales de tango lo admiten. Ariel ya compitió antes, pero este año no tiene idea de hasta dónde van a llegar. Él y su nueva pareja, simplemente, todavía no bailaron mucho juntos.
Mi primer pensamiento fue obvio: practicar más. Pero a medida que la conversación avanzaba, entendí lo ingenuo que era eso. Porque la competencia no pone a prueba algo tan simple como “¿cuán bueno sos?”. Pone a prueba algo mucho más difícil: ¿cuán buenas pueden ser dos personas juntas cuando ninguna de las dos puede controlar lo que va a pasar después? Son preguntas muy distintas.
Naturalmente, esto me hizo pensar en algunos directorios llenos de gente muy talentosa. Pero eso lo dejamos para otro momento. Al menos por ahora.
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De la interpretación a la conexión
La noche anterior había visto tango sobre un escenario, en El Viejo Almacén. Vestuario, iluminación, música: todo perfecto. Había giros, alzadas, patadas dramáticas y movimientos pensados para arrancar aplausos. Miraba y pensaba: “así que esto es el tango”.
Al día siguiente, Ariel me llevó a un lugar muy distinto. Sin reflectores. Sin coreografía. Sin público. Una milonga: una reunión social donde la gente se junta a bailar tango. Después de observar un rato, empecé a entender la diferencia. La noche anterior había visto a dos personas actuar. Ese día estaba viendo a dos personas conectarse. La actuación me impresionó. La conexión me desconcertó. Y eso resultó ser mucho más interesante.
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Un idioma nacido de la diferencia
Mientras recorríamos Buenos Aires, Ariel me contó cómo piensa el tango. Para él, el tango se convirtió en una especie de idioma universal: una manera de que personas que ni siquiera comparten una lengua puedan comunicarse. Su historia hace que esa idea sea todavía más poderosa. El tango surgió en la cultura rioplatense, alrededor de Buenos Aires y Montevideo, a fines del siglo XIX, de una mezcla extraordinaria de inmigrantes europeos, comunidades criollas y personas de ascendencia africana. Idiomas distintos. Culturas distintas. Historias distintas. Gente que, de algún modo, tuvo que aprender a convivir. Quizás por eso el tango nunca perteneció del todo a un solo grupo. Nació de la diferencia, buscando una forma de comunicarse. Y quizás, por eso mismo, el tango no empezó con pasos. Quizás empezó con la escucha.
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El abrazo: comunicación sin palabras
En el corazón del tango está el abrazo. Al principio pensé: bueno, se abrazan y bailan. No es tan simple. El abrazo es un sistema de comunicación. Dos cuerpos lo bastante cerca como para percibir el equilibrio, el peso, la tensión, la intención y los cambios más mínimos de movimiento. Nadie dice: izquierda, derecha, giro, alto. Y sin embargo, de algún modo, el otro lo sabe. Entonces hice una pregunta que me pareció sencilla: “¿quién lleva y quién sigue?”
La respuesta fue mucho menos simple. Tradicionalmente, el tango tiene roles de guía y de acompañamiento. Pero la conversación entre dos buenos bailarines es más fluida que eso. A veces él propone algo y ella responde. A veces ella ofrece algo y él cambia lo que estaba por hacer. Con el tiempo surge una idea, y ya ni ellos podrían decir de quién fue originalmente.
Me reí. “Eso es un matrimonio.” Yo propongo algo. Mi mujer propone otra cosa. Lo discutimos, no estamos de acuerdo, ajustamos, sumamos un poco acá, sacamos un poco allá, y al final aparece algo que no es de ninguno de los dos en particular.
Ariel se rió. El tango puede funcionar igual. No es la idea de él. No es la idea de ella. Es nuestro baile. Y cuando de verdad funciona, nadie necesita detenerse a mitad de la canción para anunciar: “Por cierto, esa última idea fue mía.”
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La improvisación no es la ausencia de disciplina
“¿Es como el jazz?”, le pregunté. Un músico de jazz práctica durante años justamente para poder, en el escenario, dejar de seguir un guión. Un músico propone algo. Otro escucha y responde. El primero escucha esa respuesta y cambia lo que viene después.
Ariel describió la técnica del tango como un vocabulario. Al principio conocés apenas unas pocas palabras. Aun así podés sostener una conversación. A medida que tu vocabulario crece, la conversación se enriquece. Pero conocer más palabras no te vuelve necesariamente mejor conversador. Saber más palabras no te vuelve mejor oyente.
Eso me hizo pensar en las reuniones de trabajo. Algunas contienen una cantidad extraordinaria de jerga específica. Y no estoy tan convencido de que el compromiso crezca en proporción a la cantidad de diapositivas de PowerPoint. Esa parte no fue de Ariel. Ese fui yo.
En el tango de pista, la forma social que se usa en la competencia, los bailarines no saben qué música van a tocar y no pueden simplemente ejecutar una coreografía preparada de antemano. Tienen que escuchar la música, escuchar a su pareja, manejar el espacio junto a las otras parejas y adaptarse.
Todos improvisan, me dijo Ariel, pero no todos de la misma manera. Algunos se apoyan más en secuencias conocidas. Algunos experimentan. Algunos juegan con el ritmo. Algunos juegan con el silencio. Los mejores parecen responder a lo que está pasando en ese instante.
Eso derribó otra idea que yo tenía. Improvisar no es inventar algo porque no te preparaste. Es casi lo contrario. Practicás técnica, equilibrio, pasos, transferencia de peso y movimiento hasta que tu cerebro ya no necesita preguntarse dónde va el pie izquierdo. Eso libera el espacio mental necesario para escuchar. A la música. A la sala. Y, sobre todo, a la persona que tenés enfrente. Cuanto más preparado estás, más libre sos para improvisar.
A esta altura de mi vida, empiezo a pensar que prepararse no consiste en lograr que la vida siga nuestro plan. Consiste en seguir siendo capaces de movernos cuando la vida se niega a hacerlo.
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«Pero son solo pasos»
Le pregunté a Ariel: “¿Qué pasa si no confiás en tu pareja?”
Me dijo que igual se puede bailar. Podés pisar bien. Girar bien. Mantener el ritmo. Evitar pisarle los pies al otro. Desde afuera, hasta puede parecer perfecto.
Entonces agregó: “Pero son solo pasos.”
¡Uf!
Porque la vida está llena de eso: solo pasos. Agenda. Política. Procedimiento. Comité. Todo técnicamente correcto. Y aun así, nos perdemos el baile. Podemos escribir reglas. No podemos decretar confianza en una política.
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Bailás como sos
Entonces Ariel me contó algo que le dijo una vez uno de sus profesores: “Bailás como sos.”
Esa frase lo cambió. Porque en la pista, aparentemente, es difícil esconderse. La impaciencia. La necesidad de controlar. La inseguridad. El miedo a equivocarse. La incapacidad de soltar. El tango se convierte en un espejo, no solo de cómo bailás, sino de en quién te convertís cuando estás con otra persona. ¿Le das espacio? ¿Escuchás? ¿O simplemente esperás tu turno para hablar?
A esta altura, el tango empezaba a sonar menos como una evaluación de baile y más como una evaluación de personalidad. Con una ventaja: no hay cuestionario en el que puedas mentirte a vos mismo.
Le pregunté: “¿Eso significa que un buen bailarín de tango no tiene ego?”
No. El tango no te pide que desaparezcas. Necesitás tu propio equilibrio. Necesitás saber dónde estás parado. Necesitás saber qué querés. Simplemente no necesitás usar tu ego para dominar al otro, ni para recordarle tu existencia cada cinco segundos.
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Fluir
A veces, cuando el abrazo es muy bueno, pasa otra cosa. Fluir. No porque la técnica haya desaparecido, sino porque se practicó tan a fondo que ya no requiere pensamiento consciente. Uno propone. El otro responde. Esa respuesta se vuelve información nueva. El primero responde de nuevo. Más rápido. Más fino. Más natural. Hasta que las preguntas —¿es este mi paso? ¿Es este tu paso?— dejan de tener demasiado sentido.
Solo queda: nuestro baile.
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Tango en la tormenta
Fue en ese momento cuando empecé a pensar en la vida más allá del tango. Nos encantan los planes estratégicos. La planificación por escenarios. La gestión de riesgos. Los pronósticos. Y en algún punto empezamos a creer que, si nos preparamos con suficiente cuidado, el mundo va a poner amablemente la música de nuestra propia playlist. Por desgracia, parece que el mundo nunca recibió nuestra presentación. La tecnología cambia. La regulación cambia. La gente cambia. A veces, la canción que ensayamos toda la vida, directamente, no suena.
Y eso me hizo pensar en una frase: tango en la tormenta.
Cuando llega la tormenta, puede que quien guía no sepa el camino. Puede que quien sigue tampoco lo sepa. Fingir que una sola persona lo sabe todo puede no ser liderazgo en absoluto. Quizás yo veo algo primero. Quizás lo ves vos. La pregunta importante pasa a ser: ¿seguimos conectados? Porque si lo estamos, puede que no sepamos cuál es el próximo paso. Pero tal vez podamos encontrarlo juntos.
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En pocos días, Ariel va a tener que hacer exactamente eso. Va a entrar a la pista de competencia con una pareja relativamente nueva. No va a saber exactamente qué música va a sonar. No puede controlar qué parejas van a estar alrededor. No puede saber qué va a pasar después. Quizás ser profesional no significa saber lo que va a pasar. Quizás significa que, cuando no lo sabés, igual podés bailar. Prepararte lo mejor posible. Entrar en el abrazo. Escuchar la música. Escuchar a tu pareja. Dar el primer paso. Y después encontrar el siguiente, juntos.
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Volví a mirar a una de las parejas que Ariel me había señalado. Dos personas. Cuatro piernas. Y sin embargo, de algún modo, parecían moverse como una sola. Un cuerpo con cuatro piernas.
Pero después de pasar una tarde escuchando a Ariel, empecé a preguntarme si lo que pasa dentro de un gran tango es todavía más profundo que eso. Cuando el abrazo es lo bastante fuerte, cuando la confianza es lo bastante profunda, cuando la técnica ya se volvió instinto, cuando el ego se queda callado, cuando dos personas escuchan la misma música y entran en un mismo fluir, ya no existe mi paso ni tu paso. Solo nuestro baile.
El profesor de Ariel le dijo una vez: “Bailás como sos.” Quizás todos hacemos lo mismo. En el matrimonio. En el trabajo. En la sala de directorio. Y sobre todo cuando el mundo cambia la música sin avisar. Tal vez confiar no es saber adónde nos lleva el otro. Tal vez confiar es saber que, cuando ninguno de los dos sabe cuál es el próximo paso, vamos a seguir escuchándonos. Un cuerpo con cuatro piernas. Pero para dos personas dentro del mismo abrazo, escuchando la misma música y entrando en el mismo fluir, quizás lo que sienten es esto: un alma con cuatro piernas.
Fui a Buenos Aires a aprender algo sobre el tango. Volví aprendiendo algo sobre mí mismo.