Por Juan Iramain, Partner y Director de INFOMEDIA

Desde hace décadas observamos que los índices de confianza en los políticos, las marcas y las organizaciones va en franco declive. Quizá sea momento de enfocarnos en cómo reconstruirla.

 

Después de la segunda prórroga, dejamos de creer que el encierro que nos imponía Alberto Fernández durante la pandemia de covid fuera a durar sólo 15 días más. Igual que hoy nos cuesta creer que vayan a respetarse los altos al fuego en la guerra en la que participan Irán, Israel y los Estados Unidos. No es que hayamos nacido escépticos: es que la experiencia va dejando su huella en nosotros. Cuando la palabra y los hechos no coinciden, empezamos a pensar que estamos frente a Pedro y el lobo.

Los políticos, los periodistas, los influencers, las marcas y las organizaciones valen lo que vale la confianza que inspiran. Si la gente les cree, valen mucho. Si no, no valen nada. Desde hace tiempo —sobre todo desde que Edelman publica los resultados de su Trust Barometer — miramos con resignación cómo cae la confianza en las instituciones. Y a nadie le sorprende: todos recordamos alguna inconsistencia que alimentó nuestro escepticismo. El resultado es un tejido social más débil, con menos cohesión. Más vulnerable a la confrontación y el fanatismo.

Se volvieron frecuentes los diagnósticos sobre la falta de confianza. De lo que se habla menos es de qué factores podrían ayudar a reconstruirla. Acá, un primer acercamiento:

Está claro: no existe la fórmula perfecta de la confianza. Lo que hay son cientos de generaciones de ancestros nuestros que aprendieron a confiar o a desconfiar de sus vecinos, según tocara. Quizá los individuos y las organizaciones solo tengamos que conectar con eso. Y actuar en consecuencia.

Nota publicada en COMMS en el mes de abril de 2026

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