Por Juan Iramain, Partner y Director de INFOMEDIA
La IA compite en casi todo con nosotros, pero somos insustituibles en lo estrictamente humano. Un mundo que los profesionales con más experiencia deberían encarar con atención.
Ya es un lugar común la preocupación por el modo en que la IA está reemplazando a los jóvenes que recién empiezan su vida profesional en las organizaciones. Lo que antes hacía un junior en dos días, con bastante esfuerzo y múltiples errores, ahora lo hacen
ChatGTP, Gemini o Claude en segundos, con niveles de excelencia dignos de un ejecutivo senior utramotivado. La pregunta flota en el aire: ¿cómo vamos a hacer para que los jóvenes aprendan haciendo, que es la mejor manera de aprender, si casi no los necesitamos en las posiciones para las que antes los contratábamos? No tenemos respuesta todavía.
De lo que se habla menos es de los problemas que enfrentan los que ya tienen años de experiencia y cumplen roles de liderazgo en las organizaciones. A primera vista, parece que la IA no pudiera competir con ellos tan fácilmente, pero surgen razones para inquietarse cuando lo que se busca es memoria de casos pasados, capacidad de interrelación de temas y análisis estratégico: todas capacidades que se les suele pedir a los más experimentados, en las que la IA ahora les saca amplia ventaja. La respuesta quizá esté al alcance de la mano: donde sí pueden —deben— destacarse es en lo estrictamente humano, lo que los convierte en líderes. Llegó el momento de enfocarse en eso, sin más vueltas.
El polifacético Justin Wright enumera algunas de las cualidades que los líderes debieran encarnar si quieren tener chances de éxito en las próximas décadas. Lo que sigue es una síntesis libre de eso:
● Tienen inteligencia emocional.
Pueden imaginar el efecto de lo que dicen y hacen y saben leer el ambiente que rodea a sus equipos. Lideran con amabilidad (no con debilidad), priorizando la motivación. No necesitan infundir miedo.
● Reconocen el mérito de sus equipos.
Controlan su ego y administran sus propias inseguridades. No necesitan echarse flores a sí mismos. Reconocen que un líder es mejor si se rodea de gente inteligente, capaz de brillar. Celebran sus triunfos.
● Escuchan a los demás.
No para cuidar las formas, sino para considerar seriamente lo que tienen para aportar. Saben que nadie tiene el monopolio de la verdad ni de las ideas más creativas. Que a veces una mirada fresca, de alguien con poca experiencia, es el origen de algo nuevo, brillante.
● No controlan cada detalle.
Confían en que cada uno hará su trabajo. Plantean objetivos y, cuando es necesario, sugieren caminos para alcanzarlos. Después, quedan disponibles para guiar, resolver dudas, remover un obstáculo. Dejan hacer.
● Respaldan a los miembros de su equipo.
Especialmente cuando las cosas se ponen difíciles. Buscan soluciones, no culpables. Y si hubo un yerro, ponen el foco en cómo podría hacerse mejor en el futuro. Mantienen la calma.
En la política, en las empresas, en los deportes. En la vida familiar, entre amigos… donde sea: liderar es ayudar a otros a alcanzar su mejor versión y, en el camino, lograr los objetivos comunes que se hayan propuesto. Cosas que en las que la IA difícilmente pueda reemplazarnos. Sobre todo si trabajamos para volvernos expertos en humanidad, sin dar por hecho que ya lo somos.
*Nota publicada en COMMS en el mes de julio de 2026