Por Juan Iramain, Partner y Director de INFOMEDIA
Desde hace décadas observamos que los índices de confianza en los políticos, las marcas y las organizaciones va en franco declive. Quizá sea momento de enfocarnos en cómo reconstruirla.
Después de la segunda prórroga, dejamos de creer que el encierro que nos imponía Alberto Fernández durante la pandemia de covid fuera a durar sólo 15 días más. Igual que hoy nos cuesta creer que vayan a respetarse los altos al fuego en la guerra en la que participan Irán, Israel y los Estados Unidos. No es que hayamos nacido escépticos: es que la experiencia va dejando su huella en nosotros. Cuando la palabra y los hechos no coinciden, empezamos a pensar que estamos frente a Pedro y el lobo.
Los políticos, los periodistas, los influencers, las marcas y las organizaciones valen lo que vale la confianza que inspiran. Si la gente les cree, valen mucho. Si no, no valen nada. Desde hace tiempo —sobre todo desde que Edelman publica los resultados de su Trust Barometer — miramos con resignación cómo cae la confianza en las instituciones. Y a nadie le sorprende: todos recordamos alguna inconsistencia que alimentó nuestro escepticismo. El resultado es un tejido social más débil, con menos cohesión. Más vulnerable a la confrontación y el fanatismo.
Se volvieron frecuentes los diagnósticos sobre la falta de confianza. De lo que se habla menos es de qué factores podrían ayudar a reconstruirla. Acá, un primer acercamiento:
- Full disclosure. Aunque no siempre se puede decir todo, porque el contexto no lo permite, cabe intentar un mayor grado de transparencia sobre qué intereses me mueven, cuáles son mis intenciones, quiénes son mis aliados y cuáles son mis objetivos. Martín Fierro se quejaba de lo contrario: “…pero hacen como los teros: / para esconder sus niditos / en un lao pegan los gritos / y en otro tienen los güevos”.
- No mentir. El octavo mandamiento del Decálogo, aceptado por todas las culturas: no digas a sabiendas algo que no es verdad. Quien lo infringe, rompe puentes. No solo porque induce al error, sino porque la intencionalidad de engañar daña —a veces de por vida— la confianza de quien lee o escucha lo que decimos. Si las razones éticas para ser veraces no bastaran, las prácticas son contundentes: quien engaña, se aísla. Y así muere un poco.
- Proveer datos. En la construcción de la confianza, no basta que lo que decimos sea verdad: tiene que parecerlo. Las historias parecen ciertas cuando están bien contadas, y crece su credibilidad cuando están sustentadas por hechos que sirven de prueba. Los datos —cantidades, porcentajes, estadísticas— no son otra cosa que hechos cuantificados e interpretados. Suman.
- Agregar respaldo testimonial. Si lo que decimos cuenta además con el testimonio de terceros que lo avalan, mejor. Ya no soy yo solo el que lo dice: otros me respaldan. Y si además gozan de prestigio, su credibilidad de algún modo se nos transfiere. Es la lógica del comercial testimonial de toda la vida, o de la contratación de influencers de los últimos años. Solo un warning: no poner todos los huevos en esa canasta. Un tropiezo reputacional del personaje puede arrastrarnos.
- Rectificar. Quien reconoce un yerro, confirma lo que todos sabemos: que nadie es perfecto. Y a la gente le gusta confirmar lo que ya sabe. Decir “me equivoqué” se traduce también como: “quisiera que mi yerro no dañe nuestra confianza; estoy dispuesto a rectificar”. E instala en la audiencia la suposición de que si un error vuelve a suceder, va a ser reconocido y el puente de la confianza no se va a romper. Eso reduce la incertidumbre y, por contraposición, incrementa la confianza. Lo obvio.
Está claro: no existe la fórmula perfecta de la confianza. Lo que hay son cientos de generaciones de ancestros nuestros que aprendieron a confiar o a desconfiar de sus vecinos, según tocara. Quizá los individuos y las organizaciones solo tengamos que conectar con eso. Y actuar en consecuencia.
Nota publicada en COMMS en el mes de abril de 2026